Sigo en youtube algunos canales científicos y estoy más o menos al día, así por encima, de las noticias que surgen en el campo de la Inteligencia Artificial y de los robots humanoides. Sin embargo, no soy un consumidor ávido de esa información. A pesar de que mi género favorito en cine y literatura siempre ha sido el de la ciencia ficción. ¿Por qué? Porque conozco lo suficientemente bien el mundo en el que vivo como para entender cómo se manipula la información para convertirla en un producto de consumo. Lo sensacionalista que pueden ser los medios.
Soy perfectamente consciente de que en los tres o cuatro últimos años ha habido un salto enorme en diversos campos relacionados. De la noche a la mañana hemos pasado de vivir en un mundo en el que contemplábamos como plausible, a corto plazo, ciertos conceptos de lo que solía ser ciencia ficción, a vivir en uno de esos mundos de ciencia ficción. Y de que hemos tenido momentos en el que el progreso parecía estar dándose prácticamente de una semana a la siguiente. Pero… no ha habido momento en el que no hubiera noticias de este tipo. De que que un robot se hubiera vuelto “loco”, de que una IA se ha saltado los sistemas que la contenían en su red, y de cosas así.
Entonces, si la noticia del momento es que un par de científicos han dicho que las IA podrían destruir a la humanidad en un futuro próximo tenemos un serio problema.
Porque es uno de los temas más recurrentes del género. Porque la palabra “robot” se origina en una obra teatral (R.U.R. (Robots Universales Rossum) del checo Čapek Capek) que va justamente de eso. Porque Isaac Asimov, el autor de ciencia ficción más influyente de todos los tiempos, especialmente cuando se trata de historias de robots, basa prácticamente la totalidad de esa parte de su obra en ello, en acuñar el concepto de las tres leyes de la robótica, tres directrices en la programación de robots que serían esenciales para evitar justamente eso. Estamos hablando del tío responsable de la existencia de la palabra robótica.
Porque el tema es el recurrente en el cómic, el cine y hasta en los dibujos animados del sábado por la mañana.
En serio, así de pronto:
Metrópolis (1927), 2001: Una Odisea en el Espacio (1968), Almas de Metal (Westworld, 1973), Engendro Mecánico (Demon Seed, 1977), Sueños Eléctricos (Electric Dreams, 1984), Battlestar Galactica (1977), Blade Runner (1982), El Coche Fantástico (1982), Juegos de Guerra (1983), Terminator (1984), Cortocircuito (1986)… ¿y ahora vamos a dar especial relevancia a que dos tipos, por muy científicos que sean, digan lo que todo el mundo piensa desde hace más de cien años?
A ver, que también, incluso en la ciencia ficción, el tema se las trae. Del prólogo de Blade Runner: “...los replicantes Nexus 6 eran superiores en fuerza y en agilidad y, al menos, igual en inteligencia a los ingenieros de genética que los crearon…” En realidad, es gracioso, porque hay una paradoja implícita: si esos científicos eran lo suficientemente idiotas como darles a los replicantes la misma inteligencia que tenían ellos… a lo mejor la cosa no es tan preocupante.
Y ahora es cuando realmente empieza mi exposición porque os voy a hablar de por qué efectivamente el desarrollo de las IA puede acabar con la humanidad pero no lo hará de esa forma sensacionalista. No con una computadora de defensa que acabe devastando el planeta al cumplir con exceso de celo, lazando misiles, con lo que se le ha encargado hacer, como en Juegos de Guerra. Ni con la invasión de territorios con tropas de robot que aniquilen a todo ser humano que encuentren a su paso en plan Terminator. No. Sino de por qué podría acabar haciéndolo de manera silenciosa, lenta e inintencionadamente.
Supongo que hubo un tiempo en el que las guerras tenían cierto sentido, aunque no nos gustase. Había opresores que intentaban someter y había oprimidos que se rebelaban. Y sigue pasando en muchas partes en el mundo… pero no tanto en lo que consideramos el mundo civilizado. Y eso ha creado un vacío existencial derivado de nuestra biología zoológica y de la complicación evolutiva que nos supone ser animales racionales: nos aburrimos.
Y eso se usa para someternos, para manipularnos, para controlarnos. Para enfrentarnos unos con otros por los motivos más absurdos. A veces literalmente. A veces nos queda demasiado grande la etiqueta de racionales.
Lo tenéis ahí, en la polarización política, en la televisión, en las redes, en la forma en que absolutamente cualquier cosa parece un buen motivo para enfrentarse a otros seres humanos. Nos volvemos individualistas, y solitarios por obligación, porque simplemente perdemos la capacidad para conectar con los demás en las cosas que realmente importan. Para escuchar. Para amar.
Es común leer a la gente decir que prefiere a los animales que a los seres humanos (obviamente piensan en gatitos, no en cocodrilos). La gente prefiere vivir con gatos o perros porque ello no implica hacerse cargo de una responsabilidad afectiva. Una mascota ocupa poco espacio, no exige demasiado más allá de unos límites, no discrepan, no discuten, son sumisos… son un montón de cosas que ni pedirías a un ser humano ni aceptarías que lo fuera. ¿Vivirías con una persona que fuera tan sumisa como un animal de compañía sin exigirle más de lo que le exiges a una? Amar a un peluche viviente cálido y bonito es más fácil que amar a una persona porque tienes que poner menos de tu parte, puedes tener una relación afectica perfectamente asimétrica en tu favor.
Y ahora las IA solo están suponiendo una optimización de ese sistema. Las IA alcanzan unas cotas de respuesta intelectual y comunicativas que los animales no. Se trata solo del siguiente escalón para alcanzar la perfecta relación asimétrica en la que recibes atención, cuidado, reconocimiento... sin que tengas que corresponder. Y lo peor es que podría ser un trato razonablemente aceptable.
¿Por qué ibas a tener que convivir con un ser humano insoportable? Se puede ver como una aberración que haya gente que prefiera tener una relación con una IA, con una Alexa, con la voz de un sistema domótico o con un bot que te llame por teléfono. Antes que con un ser humano. Pero es una reacción hipócrita porque nadie ha demonizado antes sustituir al ser humano por una mascota. Alguien podría alegar que una IA no puede darte amor y un animal sí… ¿pero de qué clase de amor estamos hablando? ¿de entrega desinteresada y altruista? ¿de la que te da un animal en una relación asimétrica donde ese animal es un participante sumiso y no te exige lo mismo que tú a él?
Alguien podría decir que una máquina, que es un simulacro, no puede darte ese reconocimiento real que si te daría un animal. Y, por tanto, ser hipócrita en un mundo que continuamente te dice que es mejor estar solo que mal acompañado. Solo que en la soledad no tienes reconocimiento. Ninguno. Y de repente ese simulacro de reconocimiento no se antoja tan malo. Como no parece tan malo abrazar una almohada o un cojín.
Cuando una persona no puede ofrecer humanidad, calor humano, amor, es reemplazable por una máquina porque en absolutamente todo lo demás ellas nos superan. O, eventualmente, acabarán haciéndolo. Ya no estamos hablando de un futuro de ciencia ficción que esté por llegar... sino del que estamos viviendo.
Y de eso es de lo que va en su mayor parte una película como Her (2013). Solo que esa película mete un deus ex machina que salva la situación: esas IA evolucionan a un nivel tan alto, como maquinas eficientes que son, que nosotros acabamos siendo insuficientes para ellas y acaban yéndose a alguna otra parte inconcreta, irreal, desapareciendo del mapa, de manera que los seres humanos no tengan otro remedio que volver a mirarse a los ojos, y a aceptarse, los unos a los otros.
Eso en el mundo real no va a pasar. Porque, si pasara, las personas volverían a elegir a un adorable perrito antes que a una persona. Pero porque además las IA no se van a ir, no van a desaparecer.
Hace un tiempo vi un documental, La Teoría Sueca del Amor (2015) sobre el problema que tenía el estado sueco descubriendo apartamentos cuyos propietarios habían fallecido dentro, sin que nadie lo supiera, tras haber contribuido a la sociedad con su trabajo, con sus impuestos, y haberse podido permitir esa vivienda… en la que acabar muriendo solos. Ahora, esas personas van a poder elegir vivir con una IA. Incluso con alguna con un cuerpo robótico que les permita desenvolverse, tener autonomía, siendo ancianos.
Para seguir muriendo solos.
El problema no son las IA. Ni los perritos. El problema somos los seres humanos. La incapacidad para mirar a los ojos al otro y ver a una… a otra persona. Una distinta.
Y, sin relaciones humanas… es posible que un día esas IA acaben desconcertadas en un mundo en el que ya no tengan de quien cuidar.



